Historia



Editado por:
Concejalía de Cultura
Illmo Ayuntamiento de Molina de Aragón

PRÓLOGO

No han corrido ríos de tinta, pero tampoco han faltado apasionadas y bien informadas plumas que, con mucha imaginación, a veces, buceando en viejos archivos, tradiciones orales, textos de los clásicos y otras fuentes, nos han desvelado el devenir histórico de lo que se ha llamado desde el siglo XII Señorío de Molina y de su Capital. De su repoblación, primeros señores, Fuero, incorporación a Castilla y Aragón, a la España de los Austrias, Guerras de Sucesión e Independencia y otros acontecimientos más recientes nos han dado cumplida cuenta los cronistas e historiadores a los que antes aludirnos entre los que se encuentra el autor de este libro con serios y bien documentados trabajos.

Faltaba, creo yo, un estudio del proceso evolutivo de lo que es el Casco urbano de nuestra Ciudad. Este libro viene a llenar ese hueco mostrándonos a modo de reportaje, sus barrios y habitantes, casas, pavimentos, arrabales, murallas, materiales, texturas y colores a través del tiempo. Con su publicación pretendemos colmar la curiosidad de cuantos se interesen por este tema; pero nos quedaríamos cortos si de su lectura no se desprendiera un mayor aprecio por el tipismo y la belleza que encierran nuestras recoletas calles, plazuelas, iglesias y casonas, procurando conservarlas y legarlas a las futuras generaciones, maquilladas quizá, pero con el carácter propio que sus creadores y el tiempo les han imprimido y que diferencian a nuestra Villa-Ciudad del resto de las ciudades. Con esto se habrá cumplido el deseo que movió al autor a escribirlo y a nosotros a publicarlo.

Aunque, en realidad, este trabajo forma parte de la Memoria y Antecedentes Históricos de las Normas Subsidiarias de Planeamiento y Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico, al publicarlo de forma autónoma y en formato de libro, queremos cumplir con dos preceptos básicos: el de preservar nuestro Conjunto Histórico y el de divulgar entre todos los molineses el derecho y el deber de su conservación, que es tanto como cuidar y conservar nuestras propias señas de identidad.

De forma desinteresada el autor ha permitido esta publicación. Nuestro más sincero agradecimiento por ello y por el honroso encargo de prologarlo.

Julián Martínez Martín

ALCALDE

INTRODUCCION

La ciudad de Molina de Aragón constituye uno de los más interesantes conjuntos urbanos de la provincia de Guadalajara. Capital del Señorío de Molina, región de acusada personalidad histórica enclavada entre los antiguos reinos de Castilla y Aragón, al NE. de Castilia-La Mancha, Molina nace como ciudad-fronteriza con una función viaria en la vieja ruta medieval de Burgos a Valencia y como plaza militar fortificada de destacada importancia, hasta la pérdida de utilidad en el siglo pasado de su castillo y de sus murallas.

Esta función de frontera ha dejado su importancia en la arquitectura militar y civil, con notables influencias tanto castellanas como aragonesas. En lo alto del monte Aragón que domina la población, se hallan sus castillos -en plural, tal como se conocen en Molina- que son el monumento más característico de la villa. Layna, que los ha estudiado ampliamente, describe el Alcázar como "un castillo grande y desgarbado que recuerda más a las alcazabas morunas que a las fortalezas cristianas de la Edad Media, tanto por su extensión desusada cuanto por la sencillez de su traza, que consiste en una muralla de cierre con torres en las esquinas e interrumpiendo los lienzos del muro que circunscribe (a poniente y mediodía) un patio enorme en cuesta, propio para alojar no una guarnición numerosa, sino a todo el vecindario de la pequeña Molina medieval".

Más al norte, sobre un montículo, se halla una pequeña fortaleza de esbelta silueta a la que se le conoce por la Torre de Aragón, comunicada y unida al castillo mediante una trinchera o camino cubierto. Abajo, junto al río, los barrios de la Morería y de la Judería son piezas representativas de su estructura urbana. Todo ello reunido en un marco único, en el que uno de los castillos más grandes de España declarado monumento nacional (1931) sirve de telón de fondo a un casco antiguo catalogado todo él como conjunto histórico artístico (1964).

Pese a las múltiples vicisitudes y voraces incendios padecidos, la ciudad conserva todavía muchos palacios, casonas solariegas y algunas iglesias de las once que tuvo, arracimadas entre sus calles, plazas y plazuelas, con rincones de tan bella estampa como el puente de piedra románico o elementos tan insólitos como el de la calle que corre en la Plaza Mayor por encima de los escritorios y portales de la Horma.

Esta conjunción de elementos de su arquitectura urbana, que ya fue resaltada en la Exposición de Motivos del Decreto de 23 de diciembre de 1964 al ser declarado Conjunto Histórico-Artistico, merece ser nuevamente destacada en su triple dimensión histórica, como plaza militar en el medievo, reconvertida en próspera villa gremial y mercantil, hasta su imagen contemporánea, tras el incendio de la ciudad por los franceses, ya "que aún conserva ese aire discretamente suntuoso de ciudad señorial".

« Mansiones de presuntuosas fachadas, como la construida en el siglo dieciocho por Vigil de Quiñones, Gobernador de Manila, y conocida por la Casa del Virrey; iglesias como la románico-ojival del convento de Santa Clara; la de San Martín y San Miguel, el convento de San Francisco...y, sobre todo, su castillo, ya declarado Monumento histórico-artístico, que la domina con su soberbio y amplio doble recinto, altas torres en el principal, poderosas murallas que rodeaban antiguamente toda la ciudad y una avanzada torre llamada de Aragón, en recuerdo de un hecho histórico, pregonan la importancia de Molina, que la hacen acreedora de ostentar la categoría de Conjunto Histórico-Artístico». (BOE, 20.1.1965)

I LA VILLA MEDIEVAL

La función de Molina en una de las riberas del río Gallo se remonta de forma fehaciente a la época árabe, ya que sólo existen indicios de la posible existencia de una primitiva población cristiano-visigótica a través de aquellas fuentes, que hablan que «ubo en Molina una ciudad antigua que llaman Barsula o Bartusa, e obo en ella edificios antiguos... e se acabó con pestilencia» (Rasis).

De la época muladí y arquitectura árabe quedan como meros vestigios: la alcazaba o alcázar, cuya estructura y primera traza son de esta época; restos de una torre albarrana en el recinto que baja hasta el río, donde se hallan los antiguos baños y «rica casa» del arraez moro Aben galvon ( citado en el Poema del Cid) ; y una serie de elementos, como la extensa red de canales, acequias y cazes que aún perduran, como testimonio de un sistema de aprovechamiento del agua para el riego e impulso de los viejos molinos que dieron nombre a la ciudad. El número de aceñas fue tal, que llegó a haber ocho molinos funcionando a su paso por la villa y once por su término.

Como toda ciudad hispano musulmana, la alcazaba se ubicaba en la parte más elevada y algo distanciada del resto de la ciudad, para protegerse no sólo del enemigo exterior sino también del interior. Aún persisten, aunque la traza urbana de Molina sea bajomedieval, callejuelas sin salida -de rancia tradición árabe- en la vieja medina y una pintoresca acequia en el lugar conocido por el Ojo en la calle de Abajo, junto a la presa, que atraviesa el interior de un conjunto de casas dedicadas antiguamente a la molienda.

Ocupada la plaza por Alfonso el Batallador, rey de Aragón, en 1128 y destinada desde el primer momento a servir de bastión en su dispositivo fronterizo con la instalación de caballeros de la Orden Militar de San Juan de Acre, la repoblación cristiana se efectuó años después, merced a la acción del conde Manrique de Lara, erigido desde 1139 en Señor de tan amplio territorio con autonomía poco común, pues el Señorío de Molina no formaba parte de la Corona de Castilla ni de la Corona de Aragón, manteniendo durante siglo y medio su total independencia.

Don Manrique nos dice de la primitiva Molina, al iniciar su célebre Fuero otorgado en 1147, que situada al cabo de Aragón «fallé un logar desierto mucho antiguo e yo quiero que seya poblado e allí Dios fielmente rogado e loado». A tal fin don Manrique da seguridades y libertades, concede privilegios y exenciones a quienes poblaren la villa y tuvieren «casa poblada dentro de los adarves», los cuales quedan libres de pechar y de trabajar en la construcción de la muralla.

Además de ampliar el castillo con un segundo recinto, funda una población nueva, junto al barrio de los moros y de los judíos. A través de los capítulos y concesiones forales se vislumbran los elementos que caracterizan la villa en este momento. Se conservan junto al río las arboledas, jardines y huertas con que los moros acostumbraban a rodear sus ciudades. Se aprovechan las dos casas del rey moro de Molina, la alcazaba y el palacio junto al río, para levantar sobre sus ruinas don Manrique su propio palacio y tras el palacio erigir la villa cristiana.

Tres razas con diferentes religiones: cristianos, judíos y moros pueblan -los últimos segregados en barrios separados- la villa de Molina. La primitiva población musulmana permanece junto a los cazes y huertos próximos; mientras la población hebraica vive pegada a la muralla en el terraplén inmediato al castillo. En la parte más meridional y oriental sobre la llanura se fueron asentando los primeros repobladores, tras bajar del cinto conforme se trasladó la frontera y el peligro de un ataque por sorpresa.

Siguiendo el ritmo de la reconquista y de las posibilidades financieras, don Manrique levantó entre 1150 y 1165 las iglesias de San Andrés (dentro del Alcázar), Santa Catalina (llamada antes del siglo XV Santa María del Collado) dentro del recinto amurallado y Santa María del Conde, como capilla propia, junto a su palacio.

A su muerte la mitad de las casas de Molina que pertenecieron a Avolafia ( Abu Yahie) fueron cedidas por su viuda doña Ermesenda al maestre de Calatrava en 1175, sin duda, con ánimo repoblador.

A lo largo del eje este-oeste se fueron levantando nuevas iglesias, que dieron lugar a la división de la villa en parroquias o collaciones, división que tuvo gran importancia en el pasado. En una sociedad estamental en la que preponderaban las diferencias de clase y de linaje, la asignación de los caballeros a la parroquia de su vecindad: Santa María del Conde o San Miguel, no era solamente signo de vivir en sus aledaños, sino de su «status» privilegiado frente a los otros pobladores pertenecientes a las parroquias de Santa María la Mayor, San Pedro (situada antiguamente ocupando parte de la plaza de su nombre) o San Martín. Obviamente, al otro lado de la villa, en los barrios de Samaria y Judíos no se localizaba -ni aún hoy- ningún templo cristiano, sino una antigua mezquita.

A la quinta y última señora independiente, Dª Blanca de Molina, se atribuye la conclusión del cerco de la villa con murallas, obra en que trabajaron cientos de moros durante más de cincuenta años. Aunque todas las puertas de la ciudad fueron derribadas el siglo pasado, no hay ninguna dificultad en identificar el recinto amurallado de la ciudad, a través de los edificios y casas adosadas a la muralla junto al río y la delimitación del Adarve, sirviendo el propio río Gallo y el arroyo de la Cava como foso natural.

También en tiempos de Dª Blanca se erigió la iglesia románica de Santa María llamada de Pedro Gómez, por ser éste el nombre del mayordomo que por su mandato la edificó. Y se establecieron, en contacto con la agrupación urbana, pero al otro lado del río, de acuerdo con el espíritu de su fundador, los primeros franciscanos claustrales.

Se trata, por tanto, este convento de San Francisco de Molina de uno de los más antiguos que poseyó la Orden Seráfica en nuestra península. Su construcción y primera traza fue acometida entre los años 1280 y 1293, por disposición expresa de Dª Blanca que quiso ser enterrada en ella.

Fallecida sin sucesión, el condado de Molina pasó a manos de su hermana Dª María y su esposo el rey Sancho IV de Castilla, que unía así a la corona el codiciado Señorío, que sirvió de estado «colchón» entre los dos reinos de Castilla y de Aragón. En su escudo, del cual ya desaparecieron las calderas de los Lara, campea la doble rueda de molino y el brazo armado con un anillo, que simboliza el enlace de sus herederos con infantes de Castilla.

Dª María de Molina confirmó y amplió el Fuero, concediendo a la villa mercado franco, así como licencia para vender y sacar granos y ganado a Aragón sin pagar sus habitantes portazgo, sentando así las bases de su incipiente comercio e importancia mercantil como puerta de la Meseta.

Desde esta época todos los reyes de Castilla añadieron a sus otros títulos el de Señor de Molina, tres años antes que el Señorío de Vizcaya. En las crónicas de Alfonso XI se acredita su participación y voto en Cortes en 1309. Pedro l la visitó numerosas veces, convirtiéndola en uno de los puntos básicos de su sistema defensivo y de ofensiva en las continuas guerras con Aragón.

En 1369 tras el fraticidio de Montiel en el que Pedro l muere a manos del futuro Enrique II, éste designó para recompensarle en su apoyo al caballero y monje francés Beltrán Duguesclin, duque de Molina, entregándole la ciudad. La Villa y Real Señorío no reconocieron al célebre capitán de las Compañías Blancas, entregándose al monarca Pedro IV de Aragón, que incorporó al Señorío hasta la paz de Almazán en 1275. Desde entonces se conoce a la villa capital del Señorío por su apelativo de Molina de Aragón.

Como ciudad fronteriza, su importancia militar no decayó a lo largo de los siglos XIV y XV, mientras se mantuvieron las diferencias entre las dos coronas. Título de los infantes de Castilla, según consta en el testamento de Juan l (1385), antes de la institución del Principado de Asturias (1388). En las enajenaciones y presiones nobiliarias de los últimos años del siglo XV, Molina fue entregada por Enrique IV a su valido Beltrán de la Cueva, Duque de Alburquerque, que no pudo tomar posesión de la villa, por la oposición de los molineses, que le vencieron en el campo de batalla en la acción de Rueda en 1465.

A fines del siglo XV la villa albergaba gran número de caballeros y pobladores principalmente venidos de Burgos, ciudad con la que se tenían importantes relaciones laneras, siendo notable la distinta localización dentro del recinto de las distintas clases sociales (los linajes aristocráticos ocupaban las casas junto a la iglesia de Santa María del Conde, a lo largo de la calle de Arriba o de Caballeros, y de la Horma hasta la iglesia de San Juan del Concejo), etnias (judíos y moros viven en barrios segregados, actuales calles de Abajo, Samaria y Judios, junto a la Puerta del Baño) y profesiones (gremios y oficios extienden sus talleres y casas en la parte más oriental de la ciudad, dando nombres a calles donde desarrollan su actividad artesanal).

Aunque desde el punto de vista demográfico el peso de los judíos era insignificante y algo mayor el de los moros, evaluable en torno a un 5 y 10 por 100 de la población, su importante contribución a la hacienda local y el monopolio de algunos oficios a los que se dedicaban resaltaba su importancia. Desde la época misma de la reconquista, antes incluso que tal medida fuese impuesta por las leyes de Toledo de 1480, unos y otros vivían apartados, fuera del recinto urbano, aunque protegidos por su propio recinto de murallas, que bajaban desde el castillo.

En 1493 el crecimiento de la población mudéjar hizo necesario el alargamiento de la Morería, prolongando la calle de Abajo fuera de la muralla para levantar nuevas casas a lo largo de la calle Larga, hasta la torre de Medina. El Consejo Real ordenó al corregidor la prolongación de este sector, dado que su barrio tradicional resultaba totalmente insuficiente para el normal desenvolvimiento de sus actividades como herreros y caldereros, permitiéndoles el trabajo en domingo « dentro en su morería, donde están apartados, e en sus casas propias» (Cantera).

La principal vida y actividad se desarrollaba, sin embargo, al otro lado de la villa, donde trabajaban tejedores, boteros, sombreros, que dieron nombre a las calles, cuya memoria se ha conservado hasta fecha reciente. Son calles largas de la postrera edad media, que aún hoy pueden recorrerse de la mano y guía de un viejo cronista: «La calle que de la puerta de Valencia viene a la plaza de San Pedro y que hoy se llama de Sombrereros, se llamó primero de Santo Domingo y después de Sogueros y Losada; la que va de San Martín a la puerta del Chorro, siempre se ha llamado de Tejedores; la que va desde la plaza de San Pedro a la Puerta Real se llamó de la Viñadería, después de la Albardería y últimamente de Boteros; la que va desde San Gil, se llamó primero de Manteros, después de la Albardería y hoy Quemadales» (Perruca).

II UNA URBE GREMIAL Y MERCANTIL

Lejos del carácter marcadamente rural, la villa de Molina tuvo siempre un empaque urbano y señorial, como centro político, cabeza de corregimiento, y centro comercial y mercantil de un extenso territorio (similar en superficie a la provincia de Alava y superior a la de Guipúzcoa).

La jerarquización social, la separación racial y la división por oficios, que condicionaron la planificación de la ciudad en la Edad Media configurando su eje viario, confluía en la Plaza Mayor, que fue objeto de ensanchamiento en los siglos XVI y XVII. Este espacio quedó, sobre todo, vinculado a la necesidad de localizar el mercado semanal, que fue creciendo y ganando nuevos ángulos y esquinas. Si bien al perder su uso la fortificación del castillo a lo largo del siglo XVII, los actos que antaño se celebraban en la plaza de armas se residenciaron en la Plaza Mayor, además de juegos, torneos, lidias de toros y fiestas, que le otorgaron su uso polivalente.

Su uso cívico múltiple se pone en evidencia al confluir en este espacio de planta entre cuadrada y rectangular el trazado de todas las calles principales, prácticamente dos a dos, que comunicaban el centro con las puertas de la ciudad. Las calles de Arriba y de Abajo se dirigen a la Puerta del Baño, la de Cuatro Esquinas a la Puerta del Río y la calle de las Tiendas y del Mercadillo con sus prolongaciones se dirigen hacia las Puertas del Chorro, Valencia y Calatayud o Real. Finalmente, el callejón de Aguilera y el callejón de la Enseñanza unían la Plaza con los postigos y puertas de la muralla: la Puerta de Hogalobos, que fue tapiada, y la de las Cabras.

Durante el reinado de los Reyes Católicos se produjeron importantes mejoras urbanas. Una disposición de 1480 ordenaba ennoblecer las ciudades y villas, construyendo «casas grandes y bien hechas, en que se ayunten las Justicias y Regidores». Careciendo Molina de casa pública para la reunión de su cabildo levantó su Casa Consistorial en 1489.

Por las mismas fechas se realizó el empedrado de la ciudad costeado dos terceras partes por los vecinos y una de propios. Y otras provisiones de los mismos reyes dadas en 1497 y 1505 acreditan que la muralla tenía por término medio doce metros de altura, dando a la villa su carácter imponente de plaza fuerte.

Esta época es empero por excelencia la etapa de gran auge de la villa en torno al negocio lanero, que se exporta a Flandes, a través del Consulado de Burgos y los puertos norteños. Al mercado franco concedido en el medievo se unió por privilegio de Carlos V otorgado en 1521, durante la regencia de Cisneros, la facultad de celebrar feria anual, que se concedió para el día de San Bartolomé y pronto fue trasladada al primero de septiembre, festividad de San Gil, para facilitar la recolección e intercambio de toda clase de granos y ganado.

Enriquecidas las familias ganaderas integradas en el Honrado Concejo de la Mesta con el trato de lana fina y entrefina de las ovejas merinas, que lograron convertir en un valor cotizado en la bolsa de Amsterdam, en las riberas del río Gallo proliferaron pequeños batanes, tintes y lavaderos de lana, a pesar de que la mayor cantidad siguió vendiéndose en sucio.

Ganaderos había en Molina que tenían 15 ó 20.000 cabezas de ganado lanar, llegando a pastar en los límites de Tierra Molina 400 y 500.000 cabezas, que pasaban, no obstante, la mitad del año en Extremadura, Andalucía Alta y Campos de Calatrava.

El establecimiento de aduanas interiores o «puertos secos» entre los reinos de Castilla y Aragón a fines del siglo XV, que perdurarán hasta el siglo XVIII, ordenando el tráfico de mercaderías forzosamente por determinados lugares, entre los que se encontraba Tortuera en el camino real a Aragón y Molina en el camino a Teruel y Valencia, fue otra de las concausas que coadyuvó a que la villa adquiriera cada vez mayor prestigio como centro comercial y mercantil.

En la pequeña urbe moderna se desarrolla mucho lujo y ostentación, y al tiempo que se erigen los edificios públicos de carácter civil: Casa Consistorial, Pósito, Casa Panera, Aduana y Peso, se levantan casonas-palaciegas por las familias ganaderas de la pequeña nobleza.

A mediados del siglo XVI se hizo necesario contar con nuevos barrios y calles así como templos más grandes, capaces de acoger a una población creciente. Los antiguos barrios de la Morería y de la Judería, tras siglos de asimilación y obligada conversión, son habitados por «cristianos nuevos», pese a lo cual, al llegar la orden de expulsión en 1611 existían treinta casas de moriscos antiguos.

Colmada la capacidad del recinto amurallado, se formaron los arrabales de San Francisco, al otro lado del puente de piedra; el arrabal de San Juan, Juan de Acre; y un nuevo arrabal moderno, perfectamente delineado corno prolongación de la calle y Puerta del Chorro, creado por el corregidor D. Rodrigo Manrique en la plazuela de su nombre.

De esta misma época data la ampliación del edificio de Santa María la Mayor de San Gil y la reedificación de la iglesia de San Pedro (cuyo ábside no está orientado a oriente, lo que denota su modernidad), mientras se cierran y quedan en ruinas las antiguas iglesias de Santa Catalina, San Bartolomé y la de Santa Cruz sitas dentro del recinto del castillo o sus inmediaciones.

En 1523 es retranqueada y se traslada de lugar la iglesia de San Pedro para hacer más amplia su plaza, labrando su portada y bello atrio renacentista. Al año siguiente fue San Gil o Santa María la Mayor la que vio renovar sus muros y levantar una torre nueva, en vez de la antigua, que según las viejas crónicas era «tan oblicua y trastornada que pareciase tener en el aire y ponía temor verse cualquiera debajo de ella. Duró tanto de esta manera, que siendo mancebo el Católico Rey D. Fernando y pasando por Molina le tomó gana de verla y poniendo las puntas de los pies y la tripa pegada a la misma torre, no se podía tener, si no le ayudaban, y así llevó que contar de esta torre como cosa que parecía maravillosa hasta que concertaron hacer otra torre y derribaron aquella» (Nuñez).

También se reedificó por los mismos años la iglesia de San Martín y en 1572 se mandó derribar la iglesia de San Juan del Concejo, ubicada en una esquina de la Plaza mayor, en la que se reunían los regidores antes de levantar la Casa del Ayuntamiento. Su solar quedó como ampliación de la plaza, sirviendo sus piedras para delimitarla hasta su reciente remodelación.

Si singular fue la torre inclinada de San Gil, no menos insólita resulta (sin precedentes conocidos en ninguna otra ciudad) la Horma, calle que corre por debajo de las casas principales de la Plaza Mayor y por encima de sus portales. Aunque el hecho de aportalar uno de los lados de la plaza ha podido en algún momento vincularse a otros usos, por desarrollarse en su entorno el mercado, en realidad estos portales se hallan vinculados a las casas que hay arriba de la calle, siendo su función más antigua la de escritorios, antes de ser espacios donde se desarrollaban pequeñas actividades u oficios artesanales.

En 1630 y durante la siguiente década, Molina volvió a ser plaza de armas por la que pasaron todos los batallones y compañías, sobre todo cuando en 1641 por espacio de un mes se convirtió en capital del reino y centro de todas las tropas que se reunieron en esta villa, durante su estancia en ella de Felipe IV y el Conde Duque de Olivares para la guerra de Cataluña.

Dos fundaciones religiosas: el convento de Clarisas, que se levanta junto a la iglesia románica de Santa María de Pero Gómez, y la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, que empezó a edificarse en 1680, inaugurada en 1706 junto a la casa-convento, son las principales muestras de la arquitectura religiosa y conventual de este siglo.

Entre 1704 y 1710 Molina vuelve a ser plaza militar de cierta importancia. Sublevado el reino de Aragón a favor del Archiduque Carlos de Austria en la guerra de Sucesión, Molina permaneció fiel a Felipe V combatiendo a los aragoneses. Ocupada la villa y el castillo por el ejército anglo-austríaco en 1706 y nuevamente por D. Juan de Nassau, pese a la feroz lucha librada en sus mismas calles, en prueba de su reconocimiento y gratitud, Felipe V le otorgó el título de «Fidelísima y Leal Villa», que añadió a los de «Muy Noble y Leal» que le concediera Isabel la Católica. Al blasón de su escudo de armas se añadió, además, la flor de lis como distintivo de los Borbones.

Tras siglos de continua decadencia y pérdida de población, como consecuencia de las epidemias que diezmaron el número de sus habitantes, la principal causa de su decrecimiento y pérdida de su influencia, artificialmente mantenida por la jerarquía territorial y la autarquia económica mantenida por la ciudad sobre el territorio dependiente de ella, hay que verla en el aislamiento y carencia de comunicaciones, hecho no insólito en la España del antiguo régimen y el interior de la Meseta.

Aunque Molina no fue nunca una villa superpoblada, vio reducir su vencidario a 1.300 vecinos (Estrada. Población general de España. Año 1768), cabezas de familia, incluido buen número de eclesiásticos, curas y beneficiados o regulares pertenecientes a los conventos de San Francisco y Santa Clara.

Molina de Aragón no pasaba de ser una pequeña villa de Castilla la Nueva, que se hallaba en una población media entre los habitantes de Guadalajara (2.300) y Sigüenza (2.000), respecto de otras villas medievales como Atienza con 500 vecinos. En la demografía de la época la diferencia entre las poblaciones no era tan dilatada, si tenernos en cuenta la población de Valencia (16.000 vecinos), Zaragoza (15.000) o Toledo (4.000). Pero, mientras estas ciudades prosperaron, Molina como otras muchas villas entraron en una absoluta decadencia.

A mitad del siglo XVIII la población de Molina se distribuía en veintiséis calles, cinco plazas y mil casas, además de muchas iglesias, ermitas y edificios públicos y particulares que fueron quemados y arrasados en la invasión francesa. «Entre los primeros sobresalían, la Casa del Concejo, la Cárcel, el Pósito o Cámara, el Hospital de San Juan de Dios y el Matadero. Entre los particulares, los antiguos palacios de Pero Pardo, de Dª Sancha y del Obispo; las casas solariegas de los marqueses de Villel, de Embid, duque de Rivas, conde de Argillo, conde de Priego, Garceses de Marcilla, Malos, Montesoros, Muelas, Vázquez, Velázquez, Arias, Peiros, Montenegros y otras muchas familias de la pequeña nobleza molinesa» (Perruca).

Integrado el Señorío de Molina en los siglos XVII y XVIII en la provincia e intendencia de Cuenca, sólo en 1802 pasó a formar parte de la provincia de Guadalajara. Al constituirse en Molina de Aragón durante la guerra de la Independencia una Junta Superior, las Cortes de Cádiz reconocieron su entidad regional, citándosele en la Constitución de 1812 junto al resto de reinos y principados que constituían la Monarquía española y creando la provincia cuya denominación oficial se aprobó que fuera de «Guadalajara con Molina».

III LA CIUDAD CONTEMPORANEA

El incendio provocado por los franceses el día 2 de Noviembre de 1810 redujo, en efecto, a escombros gran número de casas, sobre todo de las calles de las Tiendas, de los Tejedores, de los Sogueros, Sombrereros, Albarderia y calle Losada o de Enmedio, junto a San Martin, que tenía salida a la calle de la Viñaderia, por poseer sus estructuras unidas con vigueria de madera. El fuego parece que no afectó tanto a la calle de los Boteros, subida de San Felipe y las Monjas, aunque debió extenderse por la otra parte desde la plaza de San Pedro y la plaza Mayor, hasta la Morería y calle de Abajo.

Esta apreciación cabe extraerla de las ventas de casas, en su mayor parte en estado ruinoso, efectuadas por el Cabildo Eclesiástico entre 1813 y 1818. Pero también del testimonio de un coetáneo Julián González Reinoso, quien precisa que junto a «la calle de las Carnicerías Viejas también se quemó la parte que subía a Santa Catalina, que eran dos barrios de mucha gente, y el barrio de arriba, de las murallas y la parte de abajo que tomaron las Ursulinas. También se quemaron las casas de la Puerta del Baño y otras casas más en los arrabales de la Soledad y San Juan, y otras en la acera de la Caba y Casón de Peyro, y dos en la calle de la Muerte, y las casas de Don Juan Vázquez. En la plaza de San Martín se quemaron tres casas, desde la de Arias la una, y a la subida de San Felipe, las de Don Miguel de la Cunza, Joaquín Ruiz de Torremilano, y por la subida a la Casa del Común y San Felipe, otra. Y la casa granero y San Juan de Dios, pero quedó la botica. En la Plaza Mayor quemaron la casa del Ayuntamiento, Audiencia, las de Tavira, Don Luis Ruiz, la de Juan Fernández, la Casa del Corregidor, y dejando por este motivo más grande la Plaza Mayor... Quemaron muchas casas que miran a la Caba, y son todas las que median entre la Casa Pintada hasta la de Garcés».

Lázaro Abánades y Cándido Vizcaíno, maestros de Arquitectura, fueron encomendados por encargo del Ayuntamiento de presupuestar el coste de los numerosos reparos públicos a consecuencia de los percances sufridos no sólo durante la guerra, sino también tras el tumultuoso período de la revolución liberal entre 1821 y 1823. Había que reparar todo el empedrado de algunas calles, sanearlas dándoles la correspondiente vertiente para el desahogo de las aguas, poner expeditas dos de las tres fuentes que tenía entonces la ciudad y reparar los puentes de Toledo y el Verde o de tablas.

La labor más inmediata fue hacer en 1824, mientras los molineses reedificaban sus casas -lo cual duró casi medio siglo-, sumideros para sanear las calles y evitar la corrupción que por las muchas humedades en ellas se estancaban y, como obra más urgente, poner corrientes las fuentes de la Plaza Mayor y la inaugurada en 1800 frente a la casa de los Peyró, afuera de la puerta de Valencia. Esta se hallaba completamente inutilizada y era preciso asimismo hacer una alcantarilla en el barranco que iba, antes del desvío de la Cava, desde el puente de Peyró el otro puente del Adarve.

A mediados del siglo, y a pesar del tiempo transcurrido, Molina seguía siendo una ciudad con gran número de edificios derruidos y calles sucias y angostas, que, sin embargo, se respetaron, tanto en su tipología como en la disposición de las manzanas, cuando se levantaron las nuevas casas por pisos de aspecto tan homogéneo como las existentes en la calle de las Tiendas o en la Plaza Mayor sobre la Horma.

La desamortización eclesiástica, como consecuencia de la declaración de las propiedades de la Iglesia, Memorias pías y de beneficencia como bienes nacionales supuso, con su enajenación, la mayor revolución operada en el cambio de manos de estas propiedades. Este cambio de titularidades no impulsó, al menos aparentemente, ninguna mejora urbana, sustituyéndose empero las rentas y censos antiguos con subidas de alquileres por parte de los nuevos propietarios que dispusieron de dinero suficiente para prestar al Gobierno y hacerse con gran número de casas.

Así fueron vendidos la casa o convento de los Padres de la Congregación de San Felipe por 83.780 reales en 1848, mientras que los conventos de San Francisco y Santa Clara sirvieron como cuarteles y caballerizas durante la primera guerra carlista, quedando para el Ayuntamiento el primero y devolviéndose a las monjas su antiguo caserón.

En la primera etapa desamortizadora, entre 1846 y 1851, se vendieron 40 casas del Cabildo Eclesiástico (8 de ellas en la calle y plaza de Tres Palacios), 27 casas pertenecientes a las clarisas (la mayoría en los barrios de Santa Clara y San Francisco), 9 de las ursulinas (84 de ellas en el barrio de la Enseñanza) y otras 22 de la Congregación de San Felipe Neri (algunas de ellas con tres y cuatro pisos).

También se vendieron otras dos casas que tenia el Cabildo catedralicio de Sigüenza: una en la calle de Boteros, lindando con la Casa del Común de la Tierra (que también debió enajenarse como consecuencia de la desamortización civil) y la Casa granero debajo del Fuerte, en el arrabal de San Juan, que dejó ya de usarse en 1836 con la desaparición de la obligación de diezmar. La Mitra del Obispado poseía asimismo dos casas en el barrio de San Francisco. La más relevante con escudo en la fachada principal fue antiguamente Casa-Hospital.

Si tenemos en cuenta que en la segunda etapa de la desamortización, entre 1859 y 1864, se vendieron otras 80 casas pertenecientes, bajo diversas advocaciones, al clero, resulta que ascendieron a un total de 183 las fincas urbanas vendidas que habían pertenecido a la Iglesia, lo que representa una cuarta parte del total de casas existentes en Molina de Aragón en aquella época, a las que accedieron -sin la subrogación en los contratos de humildes alquilados- un reducido número de la burguesía rentista.

Las fábricas de las iglesias de San Martín, San Gil y San Miguel perdieron sus casas, así como las Cofradías de San Juan, Santa Ana, Espíritu Santo y otras que en total tenían 14, destacando la Cofradía del Carmen, que era dueña de las 21 casas de la calle de su nombre hasta la misma ermita.

Como orto y envés del fenómeno desamortizador cabe describir el estado de la que fuera iglesia y convento de San Francisco, que tenía la mayor parte de los pisos y tabaquería hundidos, la bóveda destruida a causa de las aguas, aunque se reparó la cubierta para evitar su hundimiento cuando en 1859 salió nuevamente a venta sin que tuviese ningún postor.

Mientras hubo guarnición en Molina ésta se repartió entre el antiguo convento y el fuerte, hasta que en septiembre de 1854 se retiró con gran lamento de la población el Regimiento de la Constitución que tenía su sede en esta plaza. Ya no volvieron las tropas del Ejército a habitar las torres del castillo hasta algunos años después, durante la tercera guerra carlista.

La edificación del Colegio de Enseñanza Media en lo que fueron ruinas del Hospital de San Juan de Dios, ejecutada con fondos pertenecientes a la Comunidad de los pueblos del Señorío (un tercio de los cuales correspondían a la ciudad por ser común su patrimonio), nos muestra la otra cara de la desamortización y la obra arquitectónica más suntuosa y magnifica legada por el siglo XIX a la ciudad.

Por las mismas fechas se arreglaron algunas calles, perdiendo éstas parte de su rústico aspecto y restituyéndose poco a poco Molina de Aragón con la configuración de una antigua ciudad, de acuerdo con el título que le concediera a la villa las Cortes de Cádiz tras el incendio. El callejón de San Gil y la calle de las Cuatro Esquinas se enlosaron; la Plazuela de San Miguel fue empedrada; Quemadales quedó adoquinado. Se mandaron poner aceras y también adoquinar todo el casco urbano desde la iglesia de San Martín hasta el final de la calle de Arriba.

Si los puentes se habían reparado, las vías de comunicación seguían en lamentable estado o simplemente no existían, salvo para recuas de mulas. Tan sólo se hallaba ejecutada la carretera de Alcolea del Pinar a Tarragona y la capital del Señorío seguía anclada y decadente con muy pocos cambios en su fisonomía.

A pesar de la recomposición de algunas calles, en la mayoría crecía la hierba y el fango, manteniendo su descuidado estado en cuanto a higiene y salubridad. El alumbrado público, entonces de petróleo, era tan deficiente y reducido que las calles permanecían enteramente oscuras y desiertas de noche hasta despuntar el alba. Ya existía, desde mediados de siglo, la alameda, aunque no con la frondosidad que sólo otorgan los años. Y la situación de abandono y desolación era, en fin, la tónica general.

El período de fin de siglo en que fue alcalde de la ciudad Antonio López Pelegrín se caracterizó por la entrada en funcionamiento de la dotación de nuevos servicios. A iniciativa suya debióse que en 1883 se derribasen los últimos vestigios de las puertas de la ciudad. So pretexto de la necesidad de expansión de ésta o su mal estado, la piqueta acabó con los restos que quedaban de las puertas del Baño, del Río, del Chorro, la de Valencia -que era la más monumental- y la de San Felipe.

La aparición del cólera el año 1884, que diezmó al año siguiente la población de Molina de Aragón, coadyuvó a una nueva reforma urbana. El cementerio antiguo situado en uno de los arrabales se llenó de cadáveres, al punto que fue necesario construir uno nuevo en el camino del Val, para lo que fue preciso un desmonte a su entrada.

En 1885 se construyó asimismo por iniciativa municipal en el antiguo caserón de la Enseñanza el Teatro Calderón, convirtiéndose el Ayuntamiento en el primer accionista de la sociedad que pasó a gestionarlo a través de suscripción popular.

En 1886 fundó en la parte trasera de San Francisco el nuevo Hospital atendido por Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Las obras de acondicionamiento y preparación de las habitaciones y salas de enfermos, pobres y huérfanos ascendieron a 12.000 pesetas, sufragadas en su mayor parte por la Comunidad del Señorío de Molina.

No llegó a habilitarse, aunque estuvo en proyecto, para mercado la antigua iglesia de Santa María del Conde, temerosos de que el Obispado, que poseía especial privilegio sobre esta iglesia, la reclamase, aunque se hicieron algunas obras, tanto en este edificio, para arreglar la bóveda hundida en 1875, como consecuencia de haberse incendiado unos meses antes la Casa Consistorial, como en el edificio de la Administración Subalterna de Hacienda, Tabacos y rentas estancadas.

Hacia 1892 parece que fue tomando cuerpo la idea de instalar alumbrado eléctrico, que sustituyese al de petróleo. Pero hubo que esperar a los primeros años del siglo XX para ver este proyecto hecho realidad.

El abastecimiento de agua potable y la instalación de nuevas fuentes también tuvieron que esperar. La proximidad del río y de la Cava hacían de la ciudad un foco tan insalubre, que la población fácilmente enfermaba y moría. Pero era el abastecimiento directo de las aguas del río, donde bebían las bestias, la principal causa que motivó que Molina de Aragón tuviese una elevada cifra de mortandad superior al 3,3% anual sin que volviese a rebasar los tres mil habitantes hasta este siglo.

En 1906 gracias a unas excavaciones realizadas en el Nacedero, de cuyas aguas aún se abastece la ciudad, pudieron construirse varias fuentes. Aunque el Ayuntarniento abrió una suscripción popular, las fuentes inauguradas en 1907 en la calle de San Juan, Plaza Mayor y junto al puente nuevo, prácticamente fueron costeadas enteramente por quien durante muchos años representó al distrito de Molina en el Congreso de los Diputados, Calixto Rodríguez, rico ingeniero, impulsor de la industria resinera, nacional y comarcana.

Las aguas de la Cava, que periódicamente se desbordaban destruyendo sus avenidas las plantas bajas de toda la ciudad, dejaron triste recuerdo en las grandes inundaciones de 1892 y 1901. Desde entonces el Ayuntamiento no dejó de estudiar el asunto de su desviación, para lo que se precisaba mucho dinero. Se aprovechó el inicio de la carretera del Estado de Molina a Salinas de Almallá y la proximidad de la conmemoración del centenario del incendio de la ciudad, para conseguir en 1910, como compensación al sufrimiento de aquellos antepasados que lucharon por la independencia, llevar a cabo las obras de la carretera siguiendo la línea del Adarve. Con el desvío de la Cava, en su lugar se creó un bello paseo, que durante muchos años permaneció flanqueado en uno de sus lados por una red de acequias y huertas. La expansión de la ciudad más allá del Adarve es, por tanto, tan reciente como el siglo.

IV MOLINA SIGLO XX

Estado de conservación del Patrimonio Histórico.

Con el paso de años y siglos el casco antiguo de Molina de Aragón dejo de ser morada de aristócratas y de la nobleza local menor, pero también de comerciantes y propietarios, que expandieron sus casas por otras zonas de la ciudad, dejando abandonado el casco antiguo. La situación del patrimonio histórico-artístico, en cuanto al recinto amurallado y la arquitectura culta (iglesias y conventos), se atendió parcialmente merced a la labor de la Dirección General de Bellas Artes en los años sesenta, mientras la ciudad veía degradarse sus edificios singulares (antiguas casonas y palacios) así como todo el conjunto.

Entre las actuaciones aisladas llevadas a cabo por la Dirección General con anterioridad a la aprobación de la declaración de conjunto histórico-artístico, cabe citar los proyectos de consolidación de los torreones, conservación y restauración de las almenas y paso de ronda del castillo, obra ejecutada en los años 1953 y 1955.

Con posterioridad, entre los años 1965 y 1968, se realizó la consolidación de lienzos de la plaza de armas y demolición de adosados, obra completada en sucesivos años con la restauración de fábricas de mampostería y jambas de la puerta de la plaza de armas (1969), consolidación de la torre albarrana (1970) y obras generales en las murallas (1972),

Como consecuencia asimismo de la declaración de conjunto histórico, la Dirección General de Bellas Artes empezó a desarrollar actuaciones de rehabilitación en edificios distintos al castillo, que gozaba de una declaración anterior como monumento histórico-artistico. Así, en 1966 y 1967 se acometen obras generales en la iglesia románica de Santa Clara, sacristía, escalinata y muros, además del convento. Igualmente se aprueban y realizan obras en fachada e interior del edifico de la Subalterna en 1967 y 1969.

Tras algunos años de parálisis, se reanuda la política puntual de conservación con el desmontaje urgente de la Torre del Giraldo en 1974, predecesora de la actuación rehabilitadora del conjunto de San Francisco en los años 1978 y siguientes. También por esta fecha se realiza la restauración de la antigua iglesia de Santa María del Conde.

En 1976 la Academia de Bellas Artes de San Fernando denunciaba públicamente el abandono del casco histórico y alguno de los desafueros urbanísticos cometidos vulnerando todos los principios. Sin la debida licencia municipal, se construyó un edifico de doce plantas que, aunque fuera de la delimitación del conjunto histórico, «destroza totalmente la silueta de una de las poblaciones más características de la región».

Frente a la relación detallada de atentados y degradaciones como consecuencia de la incuria pública y privada, cabe analizar previamente las obras llevadas a cabo a iniciativa de la Dirección General de Bellas Artes, que ya se han relacionado.

Los proyectos de 1953 y 1955 de los arquitectos Rodríguez Cano y González-Valcárcel incluyeron aquellas obras de conservación y consolidación de los torreones del castillo, tan necesarias, como consecuencia del paso del tiempo, como convenientes, para destacar y embellecer sus vistas. En concreto se contempló la reparación de matacanes y ventanales de las torres, que fueron recalzadas en sus muros y murallas, labrando y colocando sillares en el ángulo de algunos torreones. Se reconstruyeron los pasos de ronda y almenas caídas o desplomadas, siendo esta primera actuación tendente a llevar a cabo aquellas obras más urgentes muy acorde en su realización con piedra antigua con los lienzos de mampostería y tonalidad de la piedra de sillería existente.

Las actuaciones de los años 1965 a 1968 se realizaron en varias campañas bajo la dirección del arquitecto Rafael Mélida, centralizándose en la plaza de armas del Alcázar. Se iniciaron las labores con la restauración de la puerta de madera de entrada a la plaza de armas, restauración de los lienzos de muralla inmediatos que amenazaban ruina. Tras hacer desaparecer las construcciones adosadas, que se encontraban en el interior del patio, todas ellas modernas, sin calidad ni estilo alguno, que se encontraban totalmente abandonadas, después de años de haberse utilizado como almacenes y caballerizas, se realizó el desmonte de las tierras acumuladas en dicho patio, tratando de descubrir el suelo original.

Se consolidaron los lienzos de murallas y torres en su cara al patio, utilizando las mismas piedras o sustituyéndolas en caso de descomposición por otras de igual tipo, cuidando de imitar la argamasa de unión original. Finalmente, se restauraron las fábricas de mampostería de la torre volada y reconstruida en el siglo XIX a dos aguas, así como del cubo o baluarte del otro ángulo, terminando la restauración con la recomposición del torno o rastrillo, así como de las jambas de la puerta de acceso a la plaza de armas.

En octubre de 1970 se elaboró un informe sobre la Torre de Aragón, que se hallaba en pésimo estado, proponiéndose su restauración, reponiendo la fábrica de cerco perdida, recalzando sus cimientos y dando solución al problema del drenaje y techumbre de la torre.

Años después, en 1985, se ejecutó la restauración completa de esta torre singular, que lejos de devolverle su aspecto histórico, no supo imitar el mortero de cal, cemento y arena empleado primigeniamente, con lo que se ha quebrado externamente su figura.

La primera actuación de restauración fuera de los muros del castillo se acometió en 1966 en la iglesia románica-ojival de Santa María de Pedro Gómez y convento de Santa Clara yuxtapuesto. Las obras de restauración de la portada de la iglesia, reponiendo sillares y molduras descompuestos o desaparecidos, se completó con la restauración de la base de los pilares adosados y muro del ábside, demoliendo los pilaretes de la escalinata y de la casa de la demandadera, que entorpecían la vista de la portada. En el interior se llevaron a cabo labores de limpieza de piedra, retejando la cubierta de la bóveda, mientras la Comunidad de Monjas de Santa Clara acometía las obras del convento consistentes en restauración de sus muros (que presentaban en distintas zonas síntomas de desplome, agrietamiento y descomposición) y reconstrucción del muro entramado de la planta alta. En 1967 se llevó a cabo la demolición de la sacristía antigua, terminando la remodelación de la escalinata de acceso a la iglesia.

Una nueva actuación se llevó a cabo en 1967 y 1969 en el edificio denominado «La Subalterna», propiedad del Ayuntamiento de Molina de Aragón. Prácticamente abandonado, después de haber servido como local para distintos usos y destinos, se procedió a la restauración de su fachada, eliminando los revocos y consolidando su mampostería, reconstruyendo la cornisa y alero, además de proceder al apeo de las vigas y retirada de escombros de su interior. En una segunda fase, se continuó el aseo de la mampostería de la fachada, reconstruyendo el cuerpo correspondiente al torreón izquierdo, reparando la armadura de madera de la cubierta, demoliendo forjados de piso en estado de ruina y reconstruyendo otros.

Ante el estado de ruina en que se hallaba la Torre del Giraldo situada a los pies de la iglesia de San Francisco, a finales de 1974 se procedió a la numeración de sillares y desmontado de la torre para su posterior montaje, consolidación y restauración. En 1978, la arquitecto María Angeles Hernández Rubio redactó el proyecto de obras de restauración del conjunto de San Francisco (iglesia, oratorio de la Orden Tercera y antiguo convento). Además de la consolidación de la coronación de los muros del templo y cubierta, se acondicionó el interior de la iglesia sin culto para uso cultural.

La iglesia de Santa María del Conde, antiguo Almudí, anexo al edificio de la Casa Consistorial fue objeto de restauración también para usos culturales en 1979. Las obras de rehabilitación consistieron en la demolición de tabiquería y forjados intermedios, vaciando el interior del edificio y restaurando su decoración interior, restituyendo los elementos de yesería. En su fachada exterior se demolieron los zócalos de relleno que, además de no ejercer labores de contrafuerte, la afeaban externamente.

Los destrozos en estos años posteriores a la declaración de conjunto histórico (1964) han sido, sin embargo, cuantiosos cualitativa y cuantitativamente considerados:

a) Demolición del Palacio de los Obregón (para uso de almacén auxiliar de Renfe), restos de muralla en la zona contigua a la Puerta del Baño, presa del molino de la mezquita, etc.

b) Localización de una gasolinera y restaurante en el antiguo cementerio y ermita de San Juan de Arce.

c) Edificación de torres para viviendas en los Adarves y Plaza de la Enseñanza (en el solar del derruido Teatro Calderón y Carnicería Vieja).

d) Colocación de una torre-radar de telecomunicaciones junto a la Plaza Mayor.

e) Construcción de un silo extramuros en el barrio de la Soledad.

f) Excesos de aprovechamiento y elevación de altura de la Casa del Virrey de Manila (Casa Pintada).

g) Demolición de la cúpula interior de la iglesia de San Miguel (para sede de una ferretería).

h) Incendio y ruina de la Iglesia de San Martín (1986).

i) Demolición del Palacio de los Montenegro (1987) para construcción de un edificio (ferretería) sin respetar el entorno.

j) Uso inadecuado de edificios, como la iglesia de la V.O.T. de San Francisco (utilizado para aparcamiento de vehículos).

k) Perdida de callejas y privatización de zonas de dominio público como el callejón de Aguilera, cerrado para la remodelación de la Casa Consistorial; jardincillo entre la iglesia de San Martín, que estaba exenta, y el Palacio del Virrey de Manila, para dar acceso a un garaje particular; atrio de la antigua iglesia de San Miguel, con la barbacana parcialmente demolida. etc.

La creación en 1985 de la Escuela-Taller para la rehabilitación del patrimonio Histórico ha coadyuvado para rescatar algunos aspectos de la fisonomía tradicional de la ciudad, con algunos trabajos de albañilería, cantería y forja, entre los que cabe destacar:

Reforma en el Centro y Casa de Cultura de San Francisco (escalinatas, patio, accesos).

Restauración de pavimentaciones (Calle Arriba y Plaza de Tres Palacios) y realización de accesos escalonados (subida de San Felipe, escalinata del ábside de Santa Clara, puerta del Baño).

Supresión de tendidos y canalizaciones en el puente de piedra.

Esta actividad restauradora se ha visto potenciada en actuaciones públicas y de promoción privada con la inclusión del conjunto histórico de Molina en el programa de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha «Molina a Plena Luz» (1992), que ha supuesto el mayor cambio fisonómico operado en tan solo tres años, en la ciudad, con restablecimiento de la tipologías tradicionales y protección del recinto en su conjunto.

Asociación Desarrollo Rural Molina de Aragón - Alto Tajo

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